Al verla, mi imaginación me dijo por un sólo instante que acababa de ver un espectro. Pero eso era imposible.
Era alta ,como la estatua de una diosa, y su figura la hacía parecer aún más a una diosa. Tenía la piel blanca, tan blanca que parecía que estaba pálida, tan pálida que parecía transparente. Sus ojos eran dos antracitas que apenas reflejaban la luz de la luna de aquella noche, profundos pozos sin fondo. Sus ojos y su boca carnosa, color rojo oscuro, era lo único que destacaba de su cara... Y tenía la sensación de que era la única persona que se había fijado en aquellos rasgos, en aquellos labios... Y en sus ojos, en lo profundo de su mirada.
Caminaba hacia mí con paso tranquilo y pausado, aunque notaba que se acercaba a mí rápidamente... ¿O serían mis nervios? Recorría la distancia con aquellos carbones fijos en mí, en mis ojos... Y eso me llevaba a la locura. Tenía la impresión de que me evaluaba, en cada paso, que me recorría por dentro aquellos ojos, leyéndome como si fuese un libro abierto. Y conforme más se acercaba, más notaba su mirada... Y el destello de fuego que tenía.
Ardía, como Troya en su día. Ardían sus ojos, ardían los míos con su contacto a distancia, ardía la distancia que cada vez se acortaba más. Ardía mi interior, los rescoldos que quedaban, porque sabía que ella ya había hecho cenizas todo, incluso mi cordura, aquella loca vocecita que me decía "aléjate, no dejes que se te acerque".
Le hice caso omiso a mi cordura, como a todo lo que me rodeaba. Sus pasos resonaban en la noche y en la oscura calle. Cada vez estaba más cerca, así que podía contemplar su rostro mejor que en la distancia. Aquellos ojos que me hipnotizaban seguían fijos en mí, y por un extraño momento pensé que no parpadeaba, pero aquel pensamiento fue tan fugaz que ni me dio tiempo a decírmelo, realmente. Su boca perfecta, como si supiera de aquello, cambió de expresión y sonrió.
¡Ah, qué feliz fui! Yo sabía que no había nadie a nuestro alrededor, que estábamos solos ella y yo. Sabía que su sonrisa iba dirigida a mí, que era mi sonrisa. Sólo mía, sólo para mí. Me hipnotizó tanto como antes lo hizo su mirada de fuego. Sólo podía contemplar sus labios, ya a escasos metros de mí. Su perfecta curva, su perfecta forma, aquel color que tan bien le quedaba. Ella me dedicaba aquello, me dedicaba su sonrisa. Y yo le dediqué la mía, mi más sincera sonrisa, temiendo quedarme corto ante tanta belleza y perfección.
Aquella sonrisa me llevó a ella, ella estaba ya tan cerca que no podía dejar de notar su aroma embiagrador. Si antes mi cordura se perdió, hecha cenizas por aquellos ojos, ahora su aroma me robó mis pensamientos para siempre. Sólo podía contemplarla, respirar aquel aroma y sentirla tan cerca que casi no podía respirar. Y entonces ella me volvió a mirar, acentuando aún más su sonrisa. Creo que me enamoré en aquel instante de ella, toda ella.
Aquello fue mi perdición. Se acercó a mí con aquella sonrisa que, de haber tenido mi cordura intacta, sabría que no era una sonrisa sincera, era más bien una mueca... ¡Pero qué mueca tan perfecta! Se acercó con sus ojos negros ardiendo intensamente, mirándome aún más, haciéndome perderme en ellos, olvidándome de todo. Me besó levemente y cuando fue bajando lentamente a mi cuello dándome pequeños besos suspiré. No podía creer que una diosa como ella hiciese aquello conmigo... Y ella siguió jugueteando en mi cuello.
Horas más tardes encontraron mi cadáver tirado en la acera, tan pálido como ella. Nunca supieron cómo morí, ni ninguno de mis conocidos y amigos la vio jamás. Yo tampoco sé muy bién que dirección tomó cuando se marchó. Sólo sé que vago eternamente buscándola, buscando sus labios, sus carbones encendidos. Y hasta que no encuentre a esa diosa, mi diosa, no podré descansar en paz.